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Hay obras que tienen vidas más intensas, que alcanzan una mayor popularidad y que, por lo mismo, llegan a marcar de manera decisiva el imaginario colectivo. Es el caso del famoso cuadro de Los funerales de Atahualpa de Luis Montero. La vida de esa gran pintura empieza en Florencia, en donde el pintor trabaja más de tres años en concluir la tela y donde primero la exhibe en abril de 1867. Montero inició entonces una larga travesía, exhibiendo su obra con gran éxito crítico en Río de Janeiro, Montevideo y Buenos Aires. En distintos lugares se hicieron grabados y fotografías del cuadro, como esta imagen, una litografía publicada en un diario argentino.

Las muchas vidas de los Funerales de Atahualpa

Hay obras que tienen vidas más intensas, que alcanzan una mayor popularidad y que, por lo mismo, llegan a marcar de manera decisiva el imaginario colectivo. Es el caso del famoso cuadro de Los funerales de Atahualpa de Luis Montero. La vida de esa gran pintura empieza en Florencia, en donde el pintor trabaja más de tres años en concluir la tela y donde primero la exhibe en abril de 1867. Montero inició entonces una larga travesía, exhibiendo su obra con gran éxito crítico en Río de Janeiro, Montevideo y Buenos Aires. En distintos lugares se hicieron grabados y fotografías del cuadro, como esta imagen, una litografía publicada en un diario argentino.

Por Natalia Majluf
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Entre tanto, los periódicos peruanos anunciaban la llegada del cuadro e iban creando expectativa. Cuando se exhibió finalmente en Lima entre septiembre y octubre de 1868, un diario local calculó que lo alcanzaron a ver unas quince mil personas, un número impresionante para una ciudad que entonces no superaba los 130,000 habitantes. Al concluir la exposición pública del lienzo en Lima, Montero entregó su obra al Estado peruano. En reconocimiento, el Congreso le otorgó un premio de veinte mil soles y una medalla.
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Montero no alcanzaría a recibir el premio, pues fallecería en el Callao en marzo de 1869. Pero la vida pública del cuadro no termina, sino que en realidad empieza en ese momento, llegando a convertirse en una de las imágenes más difundidas del país. La primera imagen del cuadro que se hizo en el Perú fue una fotografía producida por el estudio limeño de Villroy Richardson.
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En la década de 1870, cuando se exhibía al público en el Museo Nacional ubicado entonces en el Palacio de la Exposición, la imagen fue usada para el diseño de billetes peruanos. Difundido en ese soporte bajo el membrete de “República del Perú”, Los funerales de Atahualpa afirmaba su condición de ícono oficial del Estado peruano e imagen emblemática del arte nacional.
Reproducida en postales, billetes, estampillas y libros escolares, Los Funerales de Atahualpa de Montero asumiría una función casi oficial de imagen del país. Por lo mismo, se convertiría en un objetivo central de las tropas chilenas de ocupación durante la Guerra del Pacífico. La pintura, en efecto, sería tomada como trofeo de guerra en 1881 y llevada a Chile. En los discursos nacionalistas, exacerbados por el trauma de la guerra, la pintura se convirtió en símbolo de la patria cautiva y en emblema de la causa peruana. El cuadro permanecería en Santiago hasta 1885, cuando fue devuelto gracias a gestiones de Ricardo Palma. Con la notoriedad que le prestaba su condición de trofeo recuperado, la obra tuvo un segundo momento de auge en los años de la posguerra.
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En adelante la pintura circularía ampliamente en todo el país a través de reproducciones hechas por otros artistas, pero también por medio de los procesos fotomecánicos de impresión en las revistas de circulación masiva.
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Las múltiples reproducciones extendieron la vida del cuadro, que llegaría en formato impreso a todos los rincones del país. Es probablemente sobre la base de alguna ilustración que el burilador de mates Mariano Inés Flores la reproduciría a inicios de siglo XX en una de sus obras.
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De esta forma, el cuadro alcanzaría a impactar la imaginación nacional, más allá de la esfera de la pintura. Llegaría a ocupar a críticos, escritores y poetas: Nicanor della Rocca, César Moro, Antonio Cisneros y Mario Montalbetti, entre muchos otros, evocarían el cuadro en sus obras.
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El escritor Juan de Arona, se refirió al cuadro en un poema ligero:


Hablábase con calor 

ante el cuadro nacional 

del scorzo, del vigor, 

y de la capa pluvial. 

Y entre tantos parabienes, 

un carpintero Aristarco, 

apretándose las sienes, 

¡El marco, decía, el marco! 


Juan de Arona, “Los Funerales de Atahualpa” 


Incluso hoy, muchos artistas contemporáneos siguen haciendo en sus obras referencia a la gran pintura de Montero, como Sandra Gamarra, quien realizó una serie de imágenes del cuadro en el momento en que fue cubierto con una tela para protegerlo en el contexto de la ejecución de obras de infraestructura en el Museo de Arte de Lima.

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Fuentes:

Cisneros, Antonio. 1992. “Los funerales de Atahualpa. (Óleo de Luis Montero)”. En Las inmensas preguntas celestes, p. 34. Madrid: Visor. 

Larbaud, Valéry. 2008. “La mort d’Atahualpa” [1913]. En The Poems of A. O. Barnabooth. Traducción de Rod Padgett y Bill Zavatsky, pp. 88-89. Boston: The Black Widow Press.

Godoy Orellana, Milton. “La ocupación chilena de Lima: los claroscuros de una historia, 1881-1883”. Historia, Santiago, en prensa.

Montalbetti, Mario. 2005. “El inspector y la puta”. En Cinco segundos de horizonte, pp. 29-37. Lima: Álbum del Universo Bakterial.

Majluf Natalia, ed. 2011. Luis Montero. Los funerales de Atahualpa’. Lima: Museo de Arte de Lima.

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