El 26 de diciembre de 1975 se anunció públicamente el otorgamiento del Premio Nacional de Cultura en el área de arte al retablista Joaquín López Antay (Ayacucho, 1897-1981). Este hecho desató una intensa polémica entre intelectuales y artistas: mientras algunos respaldaban el reconocimiento, otros consideraban que las obras de López Antay eran meramente artesanales y, por lo tanto, indignas de un premio en el ámbito del arte. Esta controversia se convirtió en una de las más significativas en la historia del arte peruano, al poner en cuestión las categorías de “arte culto” y “arte popular”.
El premio tuvo lugar en el contexto del Gobierno Revolucionario de las Fuerzas Armadas del general Juan Velasco Alvarado (1968–1975). Este aspiraba a una identificación progresista, cuyo principal sustento fue la reforma agraria iniciada en 1969, acompañada por una fuerte revaloración oficial de la imagen del campesino y de sus modos de vida, en desmedro de formas culturales consideradas más “occidentales”. Durante este gobierno hubo un intento significativo de reformar el campo cultural bajo el asesoramiento de intelectuales de izquierda. Uno de los más importantes actos en este sentido fue la creación, por Decreto Ley No. 20561 del 19 de marzo de 1974, de los Premios Nacionales de Cultura. Para ello, según el decreto, se consideró “que el proceso de transformaciones estructurales que vive el país reclama la promoción, integración y democratización de la cultura a fin de contribuir al surgimiento de un nuevo hombre dentro de una sociedad justa y solidaria”. Otorgados a través del Instituto Nacional de Cultura, los seis premios abarcaban las categorías de Literatura, Arte, Comunicación Social, Ciencias Humanas, Ciencias Naturales y Matemáticas, y Ciencias Aplicadas y Tecnología.
En el campo del arte, el gobierno de Velasco tuvo una participación activa que se caracterizó por intentar resolver las distinciones entre arte y artesanía, exaltando la imagen rural andina. Esto se llevó a cabo, por ejemplo, a través de festivales a gran escala como Contacta e Inkarrí, para los que se convocó a artistas de procedencias y contextos diversos, incluyendo aquellos que hasta el momento eran considerados únicamente como artesanos. Pero el acontecimiento de mayor impacto mediático fue la distinción al retablista ayacuchano Joaquín López Antay con el Premio Nacional de Cultura en el área de arte, que era otorgado a renombrados artistas nacionales por su trayectoria. El jurado estuvo compuesto por los artistas Cristina Gálvez, Leslie Lee y Carlos Bernasconi, el arquitecto Juan Gunter, la bailarina y coreógrafa Vera Stastny, el músico académico Enrique Pinilla y el historiador de arte Alfonso Castrillón. En el documento “Fundamentación para el dictamen por mayoría simple a favor del artista popular Joaquín López Antay”, el jurado argumentó que en el Perú coexisten dos tipos de arte, el denominado arte culto, de corte europeo, y el arte popular, autóctono y mestizo, cuya diferencia estaría marcada por el prestigio del primero, como reflejo de las divisiones de clase en el Perú. El texto también señala que, con el propósito de revertir esta situación, el premio buscaba reconocer el talento creativo de los pueblos indígenas y validar sus expresiones culturales. Asimismo, destaca que la distinción otorgada a López Antay se debió a su singularidad artística y a sus aportes al lenguaje visual del retablo. Finalmente, el documento subraya que el galardón respondía a un contexto político particular marcado por el deseo explícito de reconocer una forma de expresión representativa de los logros de los campesinos.
El premio desató una gran polémica, enfrentando a intelectuales y artistas que estaban a favor y en contra de la distinción a López Antay. Quienes apoyaban la premiación señalaban que en la diferencia entre “arte” y “artesanía” reflejaba profundas desigualdades sociales en el Perú y defendían una forma más inclusiva de ver el arte en el país, considerando que éste podía manifestarse de diversas formas y no sólo bajo aquellas usualmente establecidas. Por otro lado, los críticos de la designación consideraban al retablo como un producto artesanal, resultado de un oficio manual carente de originalidad y, por lo tanto, incapaz de ser reconocido como una verdadera obra de arte. La controversia puso de manifiesto las tensiones latentes entre los artistas identificados con el “arte culto”, quienes se sentían relegados por las políticas culturales propiciadas por el gobierno militar y su activo fomento de las llamadas “artes populares”. De hecho, el premio a López Antay se dio a costa de las candidaturas de reconocidos artistas académicos como los pintores Carlos Quízpez Asín y Teodoro Núñez Ureta y el músico Rodolfo Holzmann.
Una de las reacciones más vehementes contra este reconocimiento provino de la junta directiva de la ASPAP (Asociación Peruana de Artistas Plásticos), encabezada por el pintor Francisco Abril de Vivero. En un comunicado fechado el 7 de enero de 1976, los firmantes expresaron su “radical discrepancia” con el premio, argumentando que respondía a intereses demagógicos y que con él se pretendía sentar la inaceptable “tesis de que la artesanía tiene, para nuestro proceso cultural, una significación mayor que la pintura o la música”. Asimismo, rechazaron la idea de contraponer “un arte considerado popular y genuinamente peruano” frente a otro calificado como culto y señalado como “dependiente”, argumentando que esta oposición resultaba contradictoria, dado que el retablo tiene un origen colonial. En conjunto, acusaron al fallo del jurado de ser una decisión irresponsable y populista, contraria a los verdaderos valores del pueblo y la cultura.
Esto desencadenó una controversia al interior de la propia asociación dando lugar a que muchos de los miembros rompieran con ella para crear el SUTAP (Sindicato Único de Trabajadores en las Artes Plásticas), nombre pretendía asociarse al del SUTEP (Sindicato Único de Trabajadores de la Educación Peruana) vinculado a la izquierda radical. El manifiesto de creación de la SUTAP, fechado el 15 de enero de 1976, reivindica la función social del arte y critica a los defensores del “arte culto” que han “pretendido hacer del arte un producto sin otra función y contenido que no sean sino los derivados de un sensualismo preciosista, dependiente de las influencias de los centros hegemónicos del imperialismo y ajeno a toda significación social”, además de convertido en “mercancía de consumo”. La propuesta es que el arte “debe inscribirse dentro del proceso de luchas culturales” para lograr una “auténtica liberación cultural”. Los lemas que clausuran el documento claman “por un arte comprometido con las luchas populares”, “por una política cultural sin discriminaciones” y “por una vanguardia artística sindicalizada”. El SUTAP, sin embargo, tuvo una existencia breve y no alcanzó un desarrollo significativo.
Si bien este acontecimiento generó una gran polémica en su momento, no se trató de una propuesta radical en el contexto local. El reconocimiento a Joaquín López Antay se remontaba a la década de 1940, cuando destacados artistas indigenistas como Alicia Bustamante, José Sabogal y Enrique Camino Brent lo valoraron como un destacado exponente del llamado “arte popular”. Camino Brent, incluso, le realizó un retrato que apareció en la portada de la revista Fanal XV (1960). En la década de 1960, antropólogos como Emilio Mendizábal y José María Arguedas también destacaron su trabajo. Además, su obra había sido exhibida en galerías y bienales dedicadas a las artes populares. Los indigenistas consideraban el arte popular como una representación de la identidad nacional, mientras que los antropólogos lo estudiaban como una manifestación cultural. Durante el gobierno de Velasco, la percepción de las artes populares cambió: dejaron de ser vistas solo como expresiones culturales y comenzaron a interpretarse en términos más políticos. En este contexto, la premiación de López Antay se asoció a la reivindicación de un arte vinculado a las luchas populares.
Por otro lado, el premio propició interesantes debates en torno a las categorías de “arte”, “arte popular” y “artesanía”, así como sobre la estructura del sistema artístico y la jerarquización de las prácticas estéticas. En este contexto, el llamado “arte popular” fue reivindicado como una forma de “arte” y diferenciado de la “artesanía”, un término cargado de connotaciones negativas. Si bien, después premio, el retablo y otras expresiones artísticas de origen andino rural quedaron legitimadas como “arte popular”, otorgando prestigio a sus creadores dentro de este ámbito, la organización general del sistema artístico en el Perú no experimentó cambios sustanciales y, hasta la actualidad, los artistas catalogados como “populares”, en pocas ocasiones logran acceder a los circuitos convencionales del “arte”.